¡Pobre Magreb!
El golpe del 6 de agosto que ha derrocado al presidente de Mauritania, democráticamente elegido, me ha producido profunda tristeza porque este tipo de brutalidad no augura nada bueno ni para ese país ni para el Gran Magreb. Al contrario, esta entidad geográfica no se convertirá tan pronto en entidad política como, por ejemplo, Europa. En el Magreb aún tenemos regímenes ilegítimos y fronteras cerradas. Gadafi es presidente vitalicio, el tunecino Ben Ali se presenta por quinta vez, Buteflika no tiene intención de retirarse a pesar de su enfermedad, Mauritania ha entrado en una zona de tormentas; sólo Marruecos trata de salirse con su joven rey convencido de que la modernidad es ineluctable y que pasa por la transparencia y la democracia.
Las Naciones Unidas deberían votar una ley rechazando el reconocimiento de un régimen militar instaurado por golpes de Estado. Eso haría reflexionar a los militares que sólo creen en la fuerza y desprecian la democracia.
Los europeos no se dan cuenta de la suerte que tienen: no solamente están al abrigo de los golpes de Estado sino que el espacio Schengen es una prueba de libertad, ya no hay fronteras entre los países europeos, se circula sin exhibir el pasaporte, se pasa de un país a otro como se cambia de barrio en tu propia ciudad. Esta libertad es un bien precioso. Cuando las fronteras se eliminan es que la sospecha, la enemistad e incluso las amenazas de conflictos ya no existen. Esta facilidad de circulación de los ciudadanos desarrolla intercambios comerciales, culturales y humanos. Todo el mundo se enriquece por tener esta libertad de ir y venir. No hay desorden, hay inteligencia. Esta Europa en construcción, incluso si se amplía de manera discutible, constituye hoy un ejemplo de la victoria de la democracia y de la sabiduría. Sabemos que para llegar aquí ha habido guerras, desgarros y sacrificios. Espero que los jóvenes de hoy en día lo sepan. El nacionalismo, responsable de guerras entre vecinos, ya no tiene razón de ser. Ser europeo no supone renunciar a tu identidad original; al contrario, es consolidarla y enriquecerla.
Abrir una frontera es un acto de confianza y de respeto, un gesto de apaciguamiento, un signo de amistad. Desgraciadamente, todavía hay países donde permanecen las fronteras de manera anacrónica, improductiva y estúpida. En los tiempos de la revolución de las comunicaciones, cuando resulta imposible que una información pueda ser ahogada o evitar que estalle en las pantallas de los ordenadores de todo el planeta, cerrar una frontera es absurdo. Pero algunos políticos cuya mediocridad les impide ver más allá de su ego insisten en creer en estos muros levantados entre los pueblos.
Que yo sepa, sólo dos estados mantienen totalmente cerradas sus fronteras a sus vecinos por decisión política: Israel y Argelia. Lo que resulta absurdo es que Argelia y Marruecos se denominan "países amigos" y tienen una historia entrecruzada, sobre todo durante le guerra de liberación argelina, cuando Marruecos sirvió de retaguardia a los combatientes del Frente de Liberación Nacional (1954-1962). Esta fraternidad en la historia se transformó poco a poco en enemistad no declarada pero que persiste en los pasillos de la diplomacia. Y ello a causa del problema del Sahara, que mina las relaciones entre los dos países desde hace 35 años. Argelia apoya un movimiento que reivindica este territorio antiguamente ocupado por España, y que Marruecos retomó mediante una marcha pacífica, la marcha verde,en 1975.
El 30 de julio pasado el rey de Marruecos, Mohamed VI, volvió a pedir a Argelia que abriera sus fronteras con su país: "Sean cuales sean las diferencias de puntos de vista en este conflicto no podrían justificar el mantenimiento del cierre de las fronteras. Esta medida unilateral es vivida por ambos pueblos como una sanción colectiva incompatible con sus lazos de fraternidad histórica, las exigencias de su futuro común y los imperativos de la integración magrebí".
A los estados magrebíes les interesa unirse, aunque sólo fuera en el campo económico y cultural, para formar una entidad que pueda trabajar de manera eficaz con los europeos por el bienestar de los pueblos.
Cuando un vecino testarudo te cierra su puerta, te acosa e intenta crearte problemas, tú te mudas, cambias de vecino, de barrio o incluso de ciudad. Pero cuando se trata de un Estado no es posible desplazarse, de lo contrario no hubiera habido nunca guerras. Ni Marruecos ni Argelia tienen la posibilidad de mudarse. Están condenados a entenderse y a trabajar para el desarrollo de sus potencialidades y para garantizar a sus pueblos un presente y un futuro dignos y estables. Mientras que Marruecos cambia y evoluciona, el vecino argelino se emperra en encerrarse en sí mismo.
Abrir una frontera no supone bajar la vigilancia ante el terrorismo, los traficantes y los piratas. La policía, la gendarmería, las aduanas estarán siempre ahí para filtrar el paso. Pero impedir que un turista pase sus vacaciones al otro lado de la frontera, prohibir el paso de productos culturales, merece ser castigado. Hombres y mujeres argelinos son castigados por su gobierno al impedirles reunirse en vacaciones en el país vecino, un país que aman pero al que su Estado presenta como un país enemigo. Esta historia ya dura demasiado. Hay que hacer un esfuerzo de imaginación para darse cuenta de lo absurdo que es este freno a la libertad de circulación impuesto por Argelia. Imaginemos un Magreb unido con riquezas excepcionales en gas y en petróleo, en fosfatos y en hombres; un Magreb unido ante los desafíos cada vez más complejos del planeta. Pero mientras los hombres rechacen la modernidad mantendrán a su pueblo en la pobreza y en la ignorancia. Es una falta, incluso un crimen. La consigna es simple: "¡Abrid las fronteras! ¡Dejad a la juventud de los cinco países de la región construir un Gran Magreb unido, democrático y moderno!". Por ahora esa idea de un Gran Magreb unido y democrático es una ilusión o tal vez un sueño que los militares ávidos de poder masacran cada día. El golpe mauritano es una ofensa a las esperanzas de los pueblos magrebíes. El secretario general de la ONU se ha declarado entristecido. Estados Unidos, la UE, la Unión Africana han condenado este golpe de Estado. Pero eso no basta. Ningún reconocimiento para un régimen impuesto por la fuerza. Es el momento de que la ONU deje fuera de la ley a los golpistas, estén donde estén.
TAHAR BEN JELLOUN, escritor y miembro de la Academia Goncourt